19 de septiembre de 2009

Kant



Desde un principio, Kant se propuso establecer las bases definitivas y permanentes de las disciplinas filosóficas. Por lo menos, tal parece haber sido el motivo subyacente de todos sus trabajos filosóficos principales. Es probable que el repentino despertar ocasionado por la lectura de David Hume tuviera mucho que ver con el motivo básico de Kant.


    Había otras razones que reforzaron la tendencia de Kant a descubrir las bases filosóficas permanentes. Una de ellas se encuentra en el espíritu de la época de la ilustración, la época en la que se consideró que la razón no tenia limites.

    La vida domestica y la disciplina iníciales de Kant. La educación y el ambiente inicial de Kant constituyen otro elemento favorable al desarrollo del motivo básico de su obra.


    Kant fue educado en un hogar más bien pobre, severamente pietista de la Rusia oriental. Sabemos algo de la muy estricta disciplina de esos hogares tanto en cuestiones religiosas tanto como en lo demás. En nuestros días, cuando se reconoce la fuerza duradera de tales influencias iníciales, se daría por supuesto que Immanuel Kant no pudiera liberarse nunca de todo su ambiente infantil.

    La austeridad de la vida cotidiana de Kant lo mismo que de la de sus teorías filosóficas, tenia sin duda una fuerte base temperamental en la severidad y el rigor de su pietismo inicial. Otra causa de su inalterable modo de vivir fue su debilidad física que le ocasiono muchos trastornos a lo largo de su vida, lo obligo desde su primera juventud a mantener su dieta y sus hábitos cuidadosamente y exigió una vida de rutina y autodisciplina.

    Estos hechos combinados forman el marco natural de lo que se llama, casi universalmente, el rigor de las teorías filosóficas Kantianas.

     A continuación se presentan las impresiones de una persona que llevo el curso de ética de Kant: “Mas que otra cosa,… deberíais haber oído su curso de moral. Aquí, Kant no solo era el filosofo especulativo sino también un profesor vivas que arrastraba el corazón y las emociones tanto como satisfacía su inteligencia. Si producía raptos celestiales al escuchar esta pura y excelsa teoría de la virtud con tal elocuencia filosófica de la boca de su propio creador. ¡A cuantas veces nos conmovió hasta las lágrimas. Cuantas veces agito nuestros corazones, cuantas veces elevó nuestros espíritus y emociones desde los grilletes del eudemonismo egoístas hasta la alta conciencia de sí de la pura libertad de la voluntad, de la obediencia incondicional a la ley de la razón, y del noble sentimiento del desinteresado cumplimiento del deber! El sabio inmortal nos parecía entonces estar inspirado por una fuerza celestial y también nos inspiraba a nosotros que, llenos de asombro, lo escuchábamos. Con toda seguridad sus oyentes jamás salieron tras una clase de filosofía moral sin haberse hecho hombres mejores

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